Capítulo VI

La noche era fría. Había dejado de llover a eso de las dos, pero el aire todavía movía gotas que no habían llegado a posarse.
-Hay que joderse.-dijo para sí mismo Enrico. Se llevó las manos a la boca para calentárselas con su aliento. Llevaba esperando una hora desde que le dieran el emplazamiento del intercambio, y los colombianos llegaban jodidamente tarde. Echó un último vistazo a la bahía. Nada. Ni una luz. Escupió en el suelo y volvió a subirse al camión por la puerta del copiloto.
-¿Ya vienen? – Preguntó el conductor.
Enrico negó con la cabeza. Desde atrás le llegó el sonido de las risas de los chicos. Los jefes habían insistido en mandarles con él, sólo por si acaso. Él era el único necrospettro allí y, al parecer, el único que sabía cumplir órdenes.
Silenziate!-les gritó, dando golpes a la ventanilla. Malditos bastardos. Ni siquiera sabían hablar inglés. Estaba harto de hacer de niñera.
Enrico cogió un teléfono móvil y marcó el último número en la lista de llamadas. Ya llevaban demasiado tiempo quietos como para no preocuparse por que apareciera algún poli metiéndose donde no le llaman. A ver si los chicos habían encontrado algo.
-No contestan-dijo en voz baja. Volvió a llamar.
Nada.
-¿Qué coño les pasa?

Los hombres de la furgoneta iban apretados en los asientos, demasiado estrechos para la mayoría de ellos. Uno de ellos, el más pequeño, limpiaba con un trapo la pistola que acababa de disparar. Llevaban un buen rato dando vueltas por los alrededores del puerto vigilando que nadie interrumpiera el intercambio. No había contado con que hubiera un guardia de seguridad en esos almacenes vacíos, pero ya no suponía ningún problema.
-¿Os apetece comer algo?-dijo uno de los más corpulento.-Me pasé por un burger antes de venir.- Y sacó una bolsa marrón manchada de grasa.
El de la pistola agitó la mano en señal de negación, pero otro de los gorilas cogió una de las hamburguesas. Cuando terminaron, abrieron la ventanilla para tirar la basura y, en ese instante, un pequeño murciélago entró por ella y empezó a revolotear por dentro del coche. Todos se pusieron nerviosos y empezaron a agitar los brazos para echarlo fuera. El conductor se echó a un lado de la carretera y paró el coche, cerca de un solar.
-¡Abrid las ventanas!- Todos lo hicieron, y al cabo de unos segundos consiguieron que el animal saliera por fin.
-¡Joder! ¡Cómo odio a esos bichos!
Cuando el coche estuvo parado, las ventanillas abiertas para que el murciélago saliera y todos más tranquilos, escucharon un chirrido acercándose. El conductor miró por los retrovisores creyendo que era un coche que se acercaba derrapando a toda velocidad, pero la calle estaba vacía, y la luz de los edificios apagada. Una solitaria farola alumbraba toda la calle, por lo demás sumida en una oscuridad impropia de una gran urbe. Les llegó el rumor del tráfico de la autopista, pero pronto fue ahogado por el sonido agudo y enervante, que iba ganando en intensidad.  Los ocupantes del coche sintieron un escalofrío recorriéndoles la columna, con la conciencia de que algo no iba nada bien. La tensión se mascaba en el ambiente, y el conductor apretaba tanto el volante que sus nudillos se estaban poniendo blancos. El copiloto dejó caer la pistola sobre la alfombrilla para llevar una mano temblorosa al botón del elevalunas cuando su teléfono móvil comenzó a sonar demasiado alto y brusco e hizo dar un respingo a todos los del coche. La melodía pasada de moda siguió sonando mientras buscaba en el bolsillo equivocado de su chaqueta para cogerlo. Cuando por fin consiguió sacarlo vio que quien le llamaba era Enrico, pero no le dio tiempo a más. Miró hacia la calle y vio como una bandada enorme de docenas, quizá cientos de murciélagos les pasaban por encima y maniobraba para dirigirse a ellos en un tirabuzón horripilante lleno de alas correosas y pequeños colmillos afilados. Ninguno de los del coche reaccionó con algo más que un grito de terror cuando entraron por las ventanas del coche en masa, arañando con sus pequeñas garras y mordiendo en la sensible piel de debajo de los ojos.


Mucho más tranquilo ahora, Bryan se acercó al coche y vio lo que habían hecho los murciélagos. Los cuerpos de esos desgraciados estaban totalmente desollados y gotas de sangre coagulada mezclada con otros fluidos caían poco a poco sobre el suelo del coche, donde se había formado ya un charco negruzco. El Caitiff se imaginó el sufrimiento que tuvieron que soportar esos hombres en sus últimos momentos, su agonía, el terror saturando cada pizca de su ser.
-Dios mío…-dijo quedamente.
-No blasfemes.-le replicó Rabs. Se lo tenían bien merecido. Vamos. Debemos darnos prisa en limpiar todo esto.
-Si…Claro.- Bryan apartó la mirada del dantesco espectáculo que era el coche cuando de pronto volvió a la realidad y le invadió el escepticismo.
-¿Y cómo tenías pensado hacerlo, si puede saberse?- dijo Willhelm, casi adivinando lo que pensaba el Caitiff, o eso le pareció él.
-Pues tirándolo al mar, por supuesto…
-Oh, muy inteligente… Entonces, cuando en dos o tres días, la policía encuentre los cuerpos en la bahía, el USA Today tendrá titulares para un mes sobre pirañas asesinas que arrastran coches al agua junto a sus desafortunados propietarios para mordisquearlos un poco…-El Nosferatu no contestó, enfadado. No obstante, el Ventrue continuó.- Dejad trabajar a un profesional. Confiad en mí. Desde mi Abrazo me he dedicado a limpiar este tipo de mierdas para otra gente…- se quitó la chaqueta y se arremangó la camisa mientras hablaba.- Es una buena manera de ganarte el favor de los mayores, ¿sabéis?
Cuidadosamente empezó a despojar a los cadávares de sus carteras y armas. Le tiró a Rabs un manojo de identificaciones ensangrentadas.
-Toma. Seguro que a los de tu Clan le interesa quién era esta gente.
El Nosferatu se sorprendió ante el gesto del Ventrue, que podría considerar un detalle, incluso. Era verdad que el Clan atesoraba cualquier dato, por trivial e insignificante que pudiera parecer, con el convencimiento de que en algún momento pudiese tener utilidad, pero pensó en que este vampiro ponía demasiado ímpetu en ganarse su confianza. Se preguntó hasta qué punto podían Bryan y él fiarse del Ventrue.
-…continuamente -continuó- la mascarada es rota por cretinos demasiado estúpidos incapaces de no matar todo lo que tocan. Ayudadme. Tenemos que colocar la furgoneta en línea con esa pared.-dijo señalando un almacén de ladrillo rojo a unos cincuenta metros, al otro lado de la calle.
Con algo de esfuerzo, un vampiro puede mover un coche pequeño. Entre los tres no tuvieron muchos problemas para colocarlo donde Willhelm quería.
-Perfecto.- señaló con el dedo al Caitiff.- Tú eres Bryan, ¿no?
-Sí.
-Bien, Bryan, mira por favor en la parte de atrás y busca un bidón de gasolina. Si hay botellas vacías o algo así, también me vale.
-Como quieras.- Bryan ya se imaginaba que iban a simular un accidente, pero podía pasar sin el fuego… al menos en su opinión. A ningún vampiro le gustaba el fuego. Eso excluía, por supuesto, a los psicópatas del Sabbat. Pocos inmortales en pleno uso de sus facultades mentales utilizarían el fuego como arma, pero claro, ellos no contaban entre ese tipo de gente. De todas formas, hizo lo que el Ventrue le pedía y encontró una lata de diez litros casi llena, además de un par de garrafas de aceite para motor. La verdad es que iban bien pertrechados. Siguiendo más instrucciones vació todo su contenido en el interior del coche y sobre los cuerpos. El olor penetrante de la gasolina se mezclaba con el aroma ácido y nada atrayente de la sangre corrompida con bilis y otros efluvios que emanaban de los cuerpos. Incluso con su férrea determinación y la particularidad de no necesitar respirar, Bryan tuvo que soportar una arcada.
-Tranquilo, chico. Es normal. -dijo Willhelm, mientras anudaba unas tiras de plástico fino que se derretirían cuando el coche empezara a arder y que seguramente servirá para mantener el acelerador pisado hasta el fondo.- Éstas cosas son bastante duras, pero tu tienes que ser aún más duro o te comerán vivo… Y no es una broma. Aunque no es un buen sitio para perder el control. Cualquier patinazo y sabrán quienes han hecho esto, cómo lo hicieron y, si me apuras, porqué. Yo que tu aprendería lo que pudiera, porque no siempre estaré aquí para salvarte el cuello.
Bryan pensó en que aprendería lo que pudiera, y que después le metería ese paternalismo por su petulante y estirado culo.


Enrico llamó por quinta vez a la patrulla antes de perder la paciencia. No podía enviar más hombres a buscarlos por si llegaban los colombianos y las cosas se ponían feas, pero tampoco se quedaba muy tranquilo al perder el contacto con los que eran sus ojos y oídos alrededor de unos muelles que no eran propiedad de la Familia. Al diablo con la patrulla. El Ghoul se limitó a decirles a sus soldados que tuvieran las armas cargadas y apunto, y que tuvieran los ojos bien abiertos. El muelle de carga no era muy grande, pero el tramo al descubierto que dejaban los raíles de las grúas era lo suficientemente ancho como para que cualquiera que lo cruzara acabara lleno de plomo antes siquiera de ver quien le disparaba. Eso le animó un poco, y le llevó a pensar en cosas más agradables, sobre todo en las recompensas que su Signore le reservaría tras la operación con éxito. Lo único que le proporcionó más placer fue ver un barco acercándose hacia el muelle con un foco en la parte delantera haciendo la señal acordada.
“Ya era hora, joder.”-pensó, y las órdenes empezaron a salir de su boca y sus hombres se pusieron en marcha para recibir la mercancia.


El teléfono móvil sonaba claramente con una versión polifónica de Purple Rain en medio de la calle donde Bryan y Willhelm trabajaban en el coche. Se encontraba entre las piernas del copiloto y los dos vampiros se miraron uno al otro como decidiendo en silencio si lo iban a coger o no, y quién iba a meter la mano ahí para hacerlo. Al final, el Caitiff hizo de tripas corazón y sacó el pegajoso móvil que continuaba sonando. El número del teléfono que llamaba estaba registrado como Aquila 1. Cuando dejó de sonar, Bryan hizo una llamada a Rex para darle una oportunidad de probar el equipo de rastreo de la CIA que acababa de conseguir. A lo mejor a la fiesta de esa noche le quedaba un último subidón…


Los habían encontrado. No estaban muy lejos de donde encontraron la furgoneta con los cadáveres y, tras provocar la explosión y ver un rato los fuego artificiales se subieron al Hummer y se dirigieron a los muelles, donde el Nosferatu adicto a la tecnología que tenían en La Cloaca les dijo que se encontraba la señal de GPS del número que había hecho la llamada.
Rabs confiaba en que pasaría desapercibido. Solía esconderse de tal manera que podía estar totalmente a la vista y aun así, que nadie le viera a menos que le estuviera buscando conscientemente y con ahínco. Lo que vio le produjo una sonrisa que dejó entrever sus dientes amarillos y afilados.
En total serían unos quince. Todos iban armados, pero ninguno representaba una amenaza seria individualmente. Quizá el tipo que daba órdenes en italiano fuera un Ghoul, pero no podía saberlo con certeza. En el barco había contado cuatro hombres, todos armados. Estaban descargando unos contenedores en el muelle.  Después de un rato controlando sus movimientos se desplazó muy lentamente hasta la esquina del almacén donde había permanecido ocultándose entre las sombras y volvió con cuidado hacia donde se encontraban Willhelm y Bryan para debatir el próximo movimiento.

-¿Quince hombres armados con automáticas? Larguémonos de aquí.-dijo el Ventrue, mirando a los otros dos vampiros como si le estuvieran gastando una broma.

-¿Qué pasa, rubito? ¿Tienes miedo?- le dijo Bryan con desprecio.

Willhelm miró al Caitiff con una mezcla de odio e indignación. Estaba como un pez fuera del agua en ese muelle, a una manzana de distancia de un grupo de guardias armados a los que un par de locos a los que había conocido esa noche querían cargarse por haberle pegado un tiro a un vigilante de seguridad. Joder, si ni siquiera habían sido ellos. A los autores materiales les reservaron un destino peor.

Miró de soslayo a Rabs y recordó cómo habían quedado los de la furgoneta.
Dios, estaba acojonado.
Y lo peor era que el maldito Sangre Sucia no tardó mucho en demostrarle que lo sabía.

- Bueno, Willhelm. Yo que tu miraría bien cómo lo hacemos y aprendería lo que pudiera, porque no siempre estaré aquí para salvarte el culo.-susurró con una sonrisa donde mostraba sus colmillos.

Bryan se escabulló hacia una muralla de piedra que separaba los dos muelles, demasiado rápido para que los guardias pudieran alcanzarle. Los primeros disparos sesgaron el silencio de la noche, pero ninguno hizo blanco en el Caitiff. Mientras tanto, confundiéndose con las sombras del muelle, Rabs avanzó imperceptiblemente por detrás de los guardias apostados en la entrada a la zona de carga, pasando junto a ellos a simple vista sin que se dieran cuenta siquiera de su presencia. Ya era demasiado tarde para ellos.

Rabs empuñó su pico y, como un resorte, clavó la afilada punta en el cuello del hombre que tenía a su izquierda, desgarrándole la yugular, y quebrándole la clavícula hasta llegar al pulmón. La violencia del golpe le derrumbó como un pelele a los pies del vampiro.
El otro guardia se dio la vuelta rápidamente para encarar al inesperado intruso, para encontrarse con un monstruo con gabardina negra dirigiendo un pico ensangrentado hacia su sien.

Cuando Bryan escuchó el sonido característico de las cuchilladas del pico de Rabs, se alzó sobre su parapeto y apuntó con su pistola para cubrir a su compañero expuesto. Con dos certeros disparos eliminó al primero que apareció por los andamios de la grúa de carga.

Willhelm, que se había mantenido a una prudente distancia, pudo comprobar la brutal eficacia y la compenetración que tenían los dos vampiros que había conocido esa noche. Al ver que sabían lo que hacían, accionó el percutor de su pistola plateada y avanzó en cuclillas hasta donde estaba apostado Bryan.

-Creí que no te unirías a la fiesta.-dijo el Caitiff. Quédate aquí y cúbrenos.

-De acuerdo, confiad en mí. Yo os cubro. -contestó el Ventrue, que estaba sopesando si estaba dispuesto a avanzar más allá del parapeto.

Mientras Bryan abandonaba la muralla y se dirigía a la entrada del muelle le dijo al nervioso Willhelm, medio en broma medio en serio, que intentara no darles a ellos.

Rabs observó a Bryan acercarse hasta su posición, agazapado para mantenerse bajo cobertura. Sacó del interior de la gabardina la escopeta recortada y con ella preparada avanzó con la espalda pegada al contenedor que acababa de ser descargado del barco, a la espera de otro atacante.

Tres tripulantes del barco salieron a la cubierta armados con rifles soviéticos, y al unísono abrieron fuego sobre la posición de Bryan, destrozando bidones y haciendo astillas los cajones de madera que utilizaba como protección.

El Caitiff vio cómo su cobertura se terminaba de pronto al llegar al borde de la calzada que se adentraba en el muelle, así que, sin dudarlo, tomó impulso para saltar en plancha hasta donde se encontraba Rabs, a salvo, pero a casi cuatro metros de distancia. Cayó rodando sobre el hombro, seguido de una estela de chispas arrancadas del suelo de piedra por las balas de sus atacantes.

Éstos dejaron de disparar para buscar mejores ángulos de tiro hasta que de pronto dos de ellos se precipitaron al dique por encima de la borda, heridos por los disparos de Willhelm.

Los dos vampiros se miraron sorprendidos ante la puntería del Ventrue y avanzaron entre los contenedores con cautela. Rabs volvió a ocultarse como un fantasma entre las zonas oscuras que dejaban las farolas del puerto, al acecho de nuevas presas. Le llegaron los rasposos susurros de un grupo con botas pesadas hablando en italiano, que se acercaban hacia él a la vuelta de la esquina del contenedor que estaba rodeando.
El Nosferatu levantó lentamente su arma y apuntó hacia la pared del contenedor, donde intuía que deberían estar las cabezas de sus enemigos y abrió fuego. Disparó los dos cartuchos de la escopeta en rápida sucesión, abriendo dos boquetes en el metal y, por lo que sugerían los gritos de dolor al otro lado de la mampara, también los hizo en esos desgraciados.

Los que habían salido ilesos pasaron la esquina con las armas en ristre, pero se quedaron estupefactos al no encontrar a nadie… cerca, claro, porque Bryan se encontraba al otro lado del pasillo entre dos contenedores y se apresuró a vaciar el cargador de su pistola sobre los desconcertados hombres. Los mercenarios cayeron rápidamente abatidos por la ráfaga mortal.
Rabs apareció de la nada, los cadáveres a sus pies, y procedió a saquearlos en busca de cosas útiles.

-Joder, están armados hasta los dientes…-dijo.- El centro comercial está abierto.- Cogió un subfusil de asalto y se lo lanzo a Bryan.- Esto para tí… y esto, para mí.

Una sonrisa se dibujó en la cara del Caitiff cuando vio a Rabs sostener con el dedo índice las anillas de un par de granadas de mano.

El momento de distensión terminó cuando oyeron el ruido de unos zapatos resonando en la piedra del suelo, acercándose hacia ellos, aparentemente desde todas partes, por los rebotes en el metal de los contenedores que los rodeaban. La pareja de Vampiros se dio la vuelta y se colocaron espalda contra espalda para que no les sorprendiera nadie por la retaguardia, dispuestos a cubrir cada entrada que llevara a su posición. Fuera quien fuese el que venía hacia ellos no parecía que le importara mucho pasar desapercibido. En el mundo de Rabs y Bryan, eso podía significar dos cosas: que el tipo era estúpido, o que hacia ellos se dirigía un cabrón de quién sabe cuántos años, capaz de abrirlos en canal en un momento.
Por lo visto, los dos pensaban lo mismo, a la sazón de la mirada que cruzaron al ver una sombra crecer y hacerse más amenazadora al fondo de la zona de contenedores, por donde había venido Bryan hace un minuto.
Al Caitiff le quemaba la empuñadura del arma como si estuviera al rojo vivo y empezó a respirar fuertemente, como un acto reflejo, un hábito del que aún no se había desprendido. Los pasos se acercaban cada vez más y ya no cabía duda de dónde procedían. Estaba a punto de girar la esquina…

El que apareció era Willhelm, y por su expresión, el mal trago había sido peor para él que para la curtida pareja y, de repente, al verlo, la tensión se esfumó como una cometa arrastrada por un huracán. El asustado Ventrue se quedó con la boca abierta cuando Rabs y Bryan se echaron a reír a carcajadas.

-¡Maldita sea! ¡Parecéis dos putos críos! ¿No os dais cuenta de que estamos en peligro?-dijo.

La reprimenda no tuvo mucho efecto y Willhelm, que perceptiblemente estaba perdiendo la compostura, se desesperó aún más. No estaba dispuesto a soportar las burlas de esos dos camorristas ni un minuto más, y lo iba a atajar inmediatamente.
Invocó el poder de su Vitae. Los músculos del cuello se le tensaron y sus ojos enrojecieron con un fulgor maligno. Desde el fondo de su pecho nació un gruñido tal que dejó al descubierto sus fauces con los colmillos desnudos, en una temible visión bestial que tomó desprevenidos a Bryan y Rabs, que no pudieron evitar sentir algo más que un simple sobresalto, e incluso retroceder un paso rápidamente.
El respeto instantáneo es algo que un Ventrue sabe ganarse, por los medios que sean. Retomó su habitual compostura con detenimiento, retrayendo los colmillos e irguiéndose lentamente para recuperar la total serenidad con un elegante movimiento para ajustar el nudo de su corbata de seda.
-No quería llegar a estos límites, pero no parece que seáis muy conscientes del peligro que corremos. Acabemos con esto de una vez.
Los otros dos vampiros asintieron como dos niños recibiendo la reprimenda de uno de sus padres. Se pusieron en marcha.

No quedaban demasiados guardias cuando el barco soltó amarras. Se les había escapado el transportista, pero aún quedaba el paquete: el rastro fresco de cuatro contenedores en el muelle. Antes de inspeccionarlos, los vampiros peinaron la zona. No quedaba nadie con vida. Excepto uno.
Tenía cerca de cuarenta años por las canas que manchaban sus sienes, y un aire del sur de Europa. Fue uno de los abatidos por Rabs a través de la mampara del contenedor. Por lo visto no tuvo la suerte de su compañero, que murió en el acto. Una fea herida en el pecho rezumaba sangre roja que escapaba con cada latido.
Respiraba trabajosamente, lo que no era de extrañar. Seguramente tuviera esquirlas de metal en los pulmones, y sus accesos de tos sonaban acuosos y débiles, y no hicieron más que agravarse cuando Rabs se acercó lentamente hacia él sin ocultar su apariencia monstruosa.
-¿Para quién trabajas?-dijo el Nosferatu, en cuclillas junto al moribundo. El hombre tosió violentamente un cuajarón de sangre como toda respuesta. No le quedaba demasiado tiempo.- ¿Eres católico?
Rabs alzó un rosario que llevaba al cuello. Era de marfil, blanco y puro, sostenido por las garras de un demonio.
Agonizante, el hombre se llevó una mano al interior del chaleco y sacó un pequeño crucifijo de plata, manchado por la sangre que le goteaba por los dedos, cada vez más rígidos y pálidos.
-In nomine Patris et Fillii et Spiritus Sancti.-dijo el Nosferatu, santiguándose.- Señor, acepta a esta oveja que se ha apartado del camino en tu rebaño, por las malas hierbas y los frutos que Satán puso a su alcance. Perdona sus pecados y acéptale en tu Reino, Señor, y alíviale el dolor de este mundo. En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Una lágrima bajó por la mejilla del hombre, pues sabía lo que era inminente. Con más delicadeza de lo que podía sugerir su grotesco aspecto, Rabs se abalanzó sobre el moribundo para acabar con su sufrimiento. Sus colmillos, tan torcidos como afilados, se hundieron en la carne herida, para terminar de sorber la poca vida que le quedaba al pobre infeliz.
- Domine, super nos nomen sanctum tuum, et benedic nostrae conversiationi; Sanctifica nostrae Humilitatis ingressum, qui sanctus et pius es, et permanens cum Patre et Spiitu Sancto, in saecula saeculorum. Amen.
Bryan y Willhelm presenciaron la escena en silencio, observando lo que hacía el Nosferatu y la devoción con la que actuaba. Cuando éste se levantó y les miró les dijo: “Dios no creó la vida para que la desperdiciáramos.” Y no lo hizo.

El contenedor junto al que se encontraban Bryan y Willhelm era del tamaño estándar, sin nombres ni identificación alguna en su carcasa naranja y negra. Necesitaban algo para abrirla. Rabs metió un par de cartuchos en la escopeta recortada y destrozó la cerradura sacando un manojo de chispas con cada disparo. La fuerza de los otros dos vampiros hizo el resto. Las hojas desencajadas chirriaron mientras se hacían a un lado, hasta dejar a la vista lo que le había costado la vida a aquella gente.
Un reguero de líquido de olor penetrante se derramó por el hueco de la puerta. Olía a plástico y a formol. Parecía que algo del interior se había roto. Una planta de hospital se les vino a la mente, la morgue.
Olía a muerte.

Publicado en on 24 agosto 2010 at 11:09 pm  Comentarios (2)  
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2 comentariosDeja un comentario

  1. la palabra que más odio en el mundo es cuajarón, me dan arcadas solo de pronunciarla. jejeje pero has mejorado mucho este capítulo. me gusta mucho más que los anteriores, has conseguido un grado de tensión que te faltaba en algunas escenas.
    enhorabuena!

  2. Pero me diras que esa palabra no da el efecto deseado… jejeje. En cuanto a la mejora, Ana tiene mucho que ver. Ahora me fijo mas en el ritmo y la tension que antes.
    Gracia por comentar! A la gente se le olvida….


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