Capítulo IV

El Primogénito Nosferatu y su séquito, formado por Rabs, el joven Nosferatu, y Bryan, el protegido, se dirigían al Museo Cabot por Warren Street, montados en su coche de “ceremonias”.
Aunque un tanque sería más correcto como definición.
Era un todoterreno Hummer, como los del ejercito. Un mastodonte negro de dos toneladas, y que llevaba casi 300 kilos de blindaje militar adicional, además de un tratamiento ignífugo que, después de todo, no iban a ser tan inútiles.
Eso iba pensando el Nosferatu mientras miraba las luces que pasaban fugaces por el carril contrario, a traves del cristal tintado lleno de gotas de agua que en estelas resbalaban rápidas escapando de su vista. La incertidumbre le invadía. Rabs estaba tranquilizando a Bryan sobre la fiestas de Elíseo, ya que era la primera puesta de largo del joven Sin Clan. Bradshaw no había llegado a reparar en ello. Tenía otras cosas en las que pensar.
Un Primogénito es, nominalmente, el vampiro más anciano de un Clan con representación importante en una ciudad. A diferencia de algunas cosas, un vampiro sí mejora con la edad. Se hace más fuerte, más astuto y más desconfiado.
John Riley era el Gangrel más viejo de la ciudad, más de cincuenta años mayor que Bradshaw.
Y no le sirvió de nada.
La existencia de un vampiro puede contarse en siglos, o incluso más, por lo que los asuntos mundanos pierden a menudo su importancia, siendo relegados a simples entretenimientos para pasar el tiempo. Pocas cosas hacen moverse a un Antiguo con la decisión y energía de los mortales. Una de ellas atenazaba en ese momento al Nosferatu.
Era el miedo a la muerte.
La conciencia de que, despues de todo, podía morir en el momento que a cualquier demente se le crucen los cables y ponga una bomba en la puerta de su refugio, sin que le sirva de nada su siglo y medio de experiencia. Sabía, de todo modos, que su temor no era el único, que el resto de la Primogenitura debía sentirse más o menos igual que él. Habían sacudido la pirámide de poder de la ciudad. Les habían dado donde más duele. Y el que lo hizo no iba a quedar impune.
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El Instituto de Arte Contemporáneo se encontraba en el centro histórico de la ciudad, a apenas cien metros de donde se produjo la Rebelión del Té. En Boston se respiraba patriotismo en cada esquina. Placas de bronce brillante conmemoraban hechos históricos en cada esquina. Sus columnas neorrománicas de piedra blanca estaban iluminadas por focos situados en los frisos y jardineras de la parte delantera, que contrastaban brutalmente con la estructura de crista y acero mate que se añadieron en la reforma del edificio en los años setenta. Ahora era un edificio moderno y antiguo al mismo tiempo, fiel a la dicotomía de los Vástagos… esclavos de la moda y los cambios, pero incapaces de cambiar.
Esta noche había exposición. La galería de arte del segundo piso les daría la excusa a los Condenados para reunirse en gran número sin llamar demasiado la atención. Seguramente algún tratante Toreador o Brujah tenga cuatro o cinco colecciones reservadas para convocar cónclaves de emergencia, como éste.
Un aparcacoches ghoul recogió el Hummer cuando la cuadrilla se bajó de él. La figura de Bradshaw se veía impresionante cada vez que se investía de la dignidad de Primogénito. Ante los ojos de los mortales se mostraba como un hombre de mediana edad vestido con un traje de color crema, pero para los inmortales de la reunión reservaba una imagen muy diferente. Varias capas de satén negro colgaban de los anchos hombros del Vástago, que se movían hipnóticamente con cada paso que daba.  Al contrario de muchos Nosferatu que se deleitaban con la incomodidad que su aspecto provocaba, Bradshaw consideraba que  las relaciones sociales con los demás clanes mejorarían si sus interlocutores se encontraban cómodos en su presencia. Para ello, disponía de una miríada de máscaras de todo tipo para ocultar su rostro. Esta noche llevaba una hecha de bronce martillado con una filigrana de hiedra en los bordes, traída directamente de Venecia. Remataba el atuendo con un sombrero negro de ala muy ancha, rematado con una pluma blanca. En comparación, sus acompañantes eran lo más discreto del mundo. Rabs optó por la invisibilidad inherente a su Clan. No alcanzaba la compresión que su Sire tenía de sus poderes, pero aprendía rápido: en sólo dos años consiguió dominar el poder de nublar la mente ajena, la capacidad de hacerse invisible ante los ojos de los demás. Por su parte, Bryan no tenía la necesidad de ocultarse, lo que facilitaba mucho las cosas. Por su condición tenía menos sentido del espectáculo que sus compañeros y la discreción y él iban siempre de la mano.
La comitiva Nosferatu subió las escaleras hasta la puerta, donde los esperaba un hombre vestido impecablemente con un traje negro y una corbata azul. Aunque su pelo era de un tono rubio triguero bastante claro, se volvía casi blanco en las sienes. Llevaba unas finas gafas plateadas sin montura.
-Buenas noches, Henry. – dijo pacientemente el anfitrión.- Eres el primero en llegar.
-Bienhallado, Senescal.-Bradshaw hizo una pequeña reverencia, apartando de sí las capas con el bastón. -Me acompañan mi chiquillo, Rabs, y mi protegido…Bryan.
Si el Senescal se alteró en lo más mínimo, nadie se dio cuenta.
-Bradshaw…Ya hemos hablado de esto… Él no puede entrar aquí.
El Senescal dirigió una mirada escrutadora hacia Bryan. Éste pudo ver el desprecio que desprendía. No obstante se la mantuvo sin vacilar durante varios segundos, hasta que oyeron una voz cantarina al pie de la escalera. Ni que decir tiene que el senescal dejó de mirar al Caitiff cuando ellá entró en escena. Una mujer bellísima envuelta en un abrigo de armiño dedicó una sonrisa resplandeciente al grupo de la puerta. Un chico bastante joven con uniforme de chófer sostenía un paraguas sobre ella. Toda caderas y zapatos de tacón, subió sensualmente cada uno de los peldaños que le separaba del rellano, dejando atrás la estola de pieles blanca.  
-Primogénita DeBouse, es un placer tenerla esta noche entre nosotros.- El Ventrue inclinó levemente la cabeza en deferencia al rango de la recién llegada. A ninguno de los Nosferatu se les escapó que segundos antes, esa muestra de respeto no se había producido.
-Prácticamente el mismo de todas las noches, ¿verdad?-todo el mundo sabía que el museo donde se encontraba el Elíseo era propiedad de la Primogénita Toreador, y que lo prestaba a la ciudad como muestra de buena fe.
- Como le decía Primogénito Bradshaw, -continuó el Senescal.- el acto de esta noche es exclusivamente para miembros de los clanes con representación en Boston. No creo que al Príncipe le haga demasiada gracia que a un Cónclave de vital importancia como éste acudan desheredados y…
-¿Y qué?-saltó Bryan. -¿Qué coño ibas a decir? Rabs le puso la mano en el hombro y le sujetó con firmeza. Bradshaw no perdió la compostura en absoluto. Sólo se permitió una rápida mirada, primero a Bryan, para recriminarle, y a la señora Debouse, después. Más no soltó ni una palabra. Fué la Toreador la que tomó el relevo.
-Arthur, deberías relajarte un poco.-su cantarina voz era casi hipnótica en su sensualidad.- No sé qué les habrás dicho a los chicos de seguridad, pero apestan a adrenalina. ¿No tendrán miedo de algo?
Todos miraron a un par de guardias privados de esmoquin que se encontraban dentro del recibidor. Se miraron entre ellos nerviosamente, e incluso uno de ellos olisqueó en dirección a su axila derecha. Claramente ultrajado, el Senescal optó por ignorar al guardia. Ya arreglaría cuentas mas tarde. Todos sonrieron, pero a Bradshaw se le escapó una carcajada un poco más sonora.
Señor Adams…-pudo articular entre risas el Nosferatu, mientras cogía del brazo a la bella Toreador-  no creo que haya ninguna objeción a la participación de mi protegido esta noche, ya que estoy viendo que el séquito de dos miembros de mi Clan se ha quedado indudablemente pequeño, pues la protección que usted nos está brindando es claramente deficiente. No querría que ningún nuevo ataque se cobrara la vida de otro eminente miembro de nuestra comunidad… ¿Y usted?
El hombre del traje azul hizo gala de una gran fuerza de voluntad al contenerse y resistirse a contestar con sólo un escueto “Pasen ya” a la pulla lanzada por Bradshaw.
El grupo lo hizo sin hacerse de rogar, entre risas, y con el Caitiff exudando triunfo por los cuatro costados, entraron al hall del museo.
-Henry, voy arriba a prepararlo todo y a saludar al Príncipe. No tardes.-le dió un tierno beso en la mejilla de la máscara, y subió solemnemente al segundo piso…
Las famosas escaleras de los Cabot podían ser una de las diez más antiguas de toda Norteamérica, al menos, desde la colonización. Se dividían hacia los dos pasillos del primer piso, flanqueados por la misma robusta barandilla de roble, en un descansillo donde se encontraba un reloj del siglo XIX, hecho en la misma casa de relojeros que el Big Ben de Londres. Todo el hall estaba iluminado por una araña enorme, pero bastante sobria, hecha de bronce y cristal.
Allí se encontraba una mezzcolanza de personalidades y figuras, casi todas tristes, pero ninguna desdeñable. Pronto el ganado estaría rodeado de depredadores. Era el Circo de las Fieras. El Elíseo de la Camarilla. Era el campo de batalla más sangriento de la ciudad, pero las armas que se utilizaban aquí no eran pistolas y colmillos. Un ingenio rápido y una lengua afilada como una navaja eran mucho más letales que cualquier combinación de garras y kung-fu. No estaba permitido el uso de la violencia ni de los poderes inherentes a la Sangre, so pena de sufrir castigos variopintos a manos del Sheriff o, incluso, del vampiro ultrajado por el penado.
Pero esta noche, ningún vampiro descarriado se atrevería a violar la Ley. No con los nervios a flor de piel.
- Chiquillos míos-comentó quedamente Bradshaw- intentad no llamar demasiado la atención esta noche con el resto de invitados. Bastante alterado está ya todo el mundo. Pero no dudéis en relacionaros y conocer a nuestros compañeros en la noche todo lo que podáis. Llegará él momento en que querréis independizaros y explorar el mundo por vosotros mismos. -El anciano Nosferatu hizo una pausa, para mirar a su alrededor por si alguien les estaba espiando pero, al ver que no era así, continuó con su aleccionamiento.-Entonces yo ya no os podré enseñar nada, y todo lo que hayáis aprendido de la Cortes de la Camarilla os será muy útil. Ya sabéis el dicho de nuestro Clan…
- Saber es Poder…-comenzó Rabs.
-…Y el Poder es Eterno.-Concluyó Bryan
-Buenos chicos. Y ahora id y divertíos, mientras los mayores hablan. Cuidado con las víboras. No os vayan a morder.
Y dicho esto se dirigió escaleras arriba.

Published in: on 16 septiembre 2009 at 8:40 pm  Comentarios (5)  
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