No hay eco en las alcantarillas.
O por lo menos en esta. El rumor de una catarata acercándose era suficiente para enmascarar cualquier otro sonido. Las aguas fecales llegaban a la altura del cuello de un hombre adulto, si hubiera alguien tan loco como para caminar por aquí. Sólo quedaba un palmo de aire entre el techo y el agua y los efluvios de ese aire pondrían enfermo a cualquiera que los respirase.
A veces estar muerto tiene sus ventajas.
A pesar de ser una trivialidad, Bradshaw podía permitirse perder el tiempo en cavilaciones como ésta. Ya tendría tiempo cuando llegara a su cubil de analizar todo lo que había sucedido esa noche. De todas formas se había prometido a sí mismo mantener la calma hasta que todo el asunto que llevaba entre manos estuviera bien atado. Un desliz en lo referente a la discreción podía costarle caro.
La tubería de desagüe expulsaba masivamente cientos de miles de litros de residuos al día que, unido a las otras cinco arterias que confluían en la Cloaca Maestra, significaba una ingente cantidad de mierda. Se trataba de un cilindro de casi cuarenta metros de alto por quince de ancho construido en pleno auge de la Era Industrial, y en su momento fue todo un logro de la arquitectura de saneamiento. Una miriada de pequeños acueductos de porquería confluían aquí, soportados por arcos de ladrillo que algún desquiciado pseudo-romántico había tenido la artística ( y totalmente inútil ) idea de decorar con gárgolas góticas. A Bradshaw le gustaba esto. La metafórica ironía de que las raíces de la ciudad eran una maravilla de la ingeniería y estaban profusamente decoradas, sosteniendo barrios marginales y McDonald´s le arrancaba una sonrisa de vez en cuando, que no era poco.
Las arterias sépticas de la ciudad vomitaban su caudal en la Cloaca Maestra en torrentes a diferentes alturas, en un ángulo tangente a la circunferencia de la sala, y producía, además de un ruido apabullante, un efecto curioso.
La presión de los torrentes los enviaba cruzando la extensión de la sala, formando lo que, visto desde arriba, era indudablemente una estrella de seis puntas, provocando en el centro del suelo de la sala una zona limpia. Nada más grande que gotas de barro y suciedad llegaban al hexágono central, donde había una trampilla.
Sólo se podía llegar a ella de una manera.
La corriente aumentaba progresivamente medida que Bradshaw se aproximaba a la salida. Comenzó a nadar a favor del flujo impulsado con toda la fuerza que los años le habían otorgado, y salió al exterior de la tubería como un fénix oscuro alzándose de la inmundicia. La gabardina larga pegada al cuerpo evocaban las alas correosas de algún animal mitológico, de las fantasías de poetas y juglares muertos hace siglos. Con una ágil pirueta, se dio la vuelta para recibir con las piernas el suelo que se acercaba a una velocidad que sería alarmante para cualquiera que no hubiera hecho esto un millar de veces. En su caída le seguía una estela de gotas de agua podrida hasta que apoyó sus botas contra el hormigón, la rodilla y las manos firmes contra el suelo, y se estrellaron contra él.
Con una llave de seguridad abrió la escotilla en el suelo, cubierta de limo y hongos, y descendió por ella por una escalerilla de metal. Cuando estuvo dentro selló la entrada y sin mirar tecleó la clave de seguridad en el monitor táctil que estaba a su derecha. Se quitó la ropa maloliente y la metió en una bolsa hermética, en un cubo donde había varias más. Al final de la semana las haría incinerar.
La ducha a presión ya estaba lista, y se metió en ella rápidamente. Al rato de tener los grifos del agua caliente abiertos, el vapor de agua invadió vacilante el refugio. La ducha podía recordar a la de los campos de concentración nazis que vio durante la Guerra, pero era la única manera de quitarse el hedor. Lastima que no le quitara de encima el resto de él que no le gustaba. No es que a él le importaran los olores, podía ignorarlos; pero comprendía que la etiqueta era importante. Si los zapatos italianos del Príncipe se mancharan de mierda, ciertamente se enfadaría. Y el Primogénito Nosferatu de Boston no quería al cretino enfadado.
Menudo imbécil.

uooo…quiero leer más….
te inauguro este post jajaja. me emociona esto de ver en letra grande lo que escribo jajaja…
q bueno el principio de la historia, ojalá yo pudiera escribir así
Axo, esto tendra derexos de autor o algo no? haber cuando segimos dandole al dado, que tengas mas sobre lo que escribir.
jajaaj, si, pero si no saco ningun benficio de ello puedo mencionarlo. asi q….
Porcierto, antes de las 12 actualizo el segundo capitulo. Estate atento.